EL CONTE DE SINUHÉ L'EGIPCI
Sinuhé
Cristina
Carracedo – Abril de 2004
Dibujos realizados por Javier
Dibujos realizados por Javier
En
el palacio real reinaba el silencio. Su faraón Amenemhat I había
muerto, y toda la Corte mostraba su respeto en señal de duelo.
Aunque también se sentía una gran preocupación en el ambiente…
¿quién sucedería al rey?
El
mayor de sus hijos, quien debía sucederle, se encontraba lejos de
palacio al frente del ejército protegiendo el país. Rápidamente
partieron mensajeros en su busca para informarle, y así, Sesostris I
decidió regresar apresuradamente.
Por
su parte, los demás hijos del rey Amenemhat I querían sucederle al
enterarse de su muerte.
Sinuhé,
hombre de confianza del faraón, observó que un hombre informaba a
uno de los príncipes. Amenemhat había sido víctima de un complot,
siendo asesinado por unos cortesanos que bajo las órdenes de este
príncipe burlaron la guardia. Sinuhé temía por su vida, creyendo
que al no haberse enterado de esas malas intenciones y no poder
informar al futuro sucesor (Sesostris I) como era su deber, sería
castigado a pesar de su inocencia. Pensó entonces en marcharse de
Egipto.
Y
así lo hizo. Sinuhé esperó el momento apropiado y tras esconderse
evitando a los oficiales y cortesanos, se dirigió hacia el Delta del
Nilo. Por la noche, tras esquivar la vigilancia de los centinelas,
cruzó la frontera saliendo de Egipto.
Pero
no contaba con una gran dificultad en su camino: el desierto.
Caminando bajo el sol, muerto de sed, sintió como iba perdiendo sus
fuerzas hasta caer sobre la arena. Y pasaron las horas, o incluso
días, hasta que de pronto despertó al escuchar el sonido de un
rebaño y una voces a su alrededor. Abrió los ojos y se encontró
con un grupo de nómadas inclinados sobre él que lo observaban. Un
hombre del grupo reconoció a Sinuhé, a quien había conocido en
Egipto, y ordenó que le dieran de comer y de beber, invitándole a
unirse a la caravana. De manera que accedió y les acompañó por el
desierto ganándose el cariño de todos rápidamente.
El
príncipe beduino Amunenshi había oído hablar de Sinuhé y requirió
su presencia para proponerle que se quedara bajo su amparo, como ya
habían hechos muchos otros egipcios.
-¿Por
qué te fuiste de Egipto? ¿Ha ocurrido algo grave en tu tierra?
–preguntó el príncipe Amunenshi.
Sinuhé
le contó sobre la muerte del faraón y su temor a caer en desgracia.
Y para no parecer un traidor, dado que se encontraban numerosos
egipcios acogidos en la corte de Amunenshi, contestó:
-El
primogénito del rey regresó a palacio y sin duda gobierna Egipto.
Yo sólo he temido por mi vida, y por eso me he marchado.
Amunenshi
quedó satisfecho con sus respuestas, y a partir de entonces Sinuhé
se quedó en su Corte, quien rápidamente fue querido por todos. Se
casó con la hija mayor del príncipe, y recibió como regalo las
tierras más fértiles del oasis.
Sinuhé se convirtió en uno de los hombres más ricos y poderosos, llegando a ser jefe de una tribu. Incluso fue nombrado general de los ejércitos, ganando grandes batallas. Y de este modo, su fama se fue extendiendo.
Sinuhé se convirtió en uno de los hombres más ricos y poderosos, llegando a ser jefe de una tribu. Incluso fue nombrado general de los ejércitos, ganando grandes batallas. Y de este modo, su fama se fue extendiendo.
Pero
también existían hombres envidiosos. Y así fue que uno de los
mejores guerreros de Retenu que sentía celos de Sinuhé se atrevió
a desafiarle en combate.
Durante toda la noche, Sinuhé estuvo preparando sus armas. Todo el pueblo se había congregado nervioso para presenciar la lucha, pero la gran mayoría estaba a favor de Sinuhé.
El guerrero sirio era muy fuerte y valiente, y manejaba las armas con mucha habilidad. Sinuhé no era tan fuerte como él, pero era astuto y ágil. ¿Quién vencería el combate?.
El egipcio consiguió fácilmente esquivar las armas que el guerrero sirio arrojaba contra él, quedándose al poco tiempo sin armas con las que luchar, salvo con sus propias manos. El sirio se puso tan nervioso que se lanzó furioso contra Sinuhé, pero éste arrojó una flecha contra él venciéndolo.
El príncipe Amunenshi, y todo el pueblo, saltaban de alegría por la victoria de Sinuhé.
Durante toda la noche, Sinuhé estuvo preparando sus armas. Todo el pueblo se había congregado nervioso para presenciar la lucha, pero la gran mayoría estaba a favor de Sinuhé.
El guerrero sirio era muy fuerte y valiente, y manejaba las armas con mucha habilidad. Sinuhé no era tan fuerte como él, pero era astuto y ágil. ¿Quién vencería el combate?.
El egipcio consiguió fácilmente esquivar las armas que el guerrero sirio arrojaba contra él, quedándose al poco tiempo sin armas con las que luchar, salvo con sus propias manos. El sirio se puso tan nervioso que se lanzó furioso contra Sinuhé, pero éste arrojó una flecha contra él venciéndolo.
El príncipe Amunenshi, y todo el pueblo, saltaban de alegría por la victoria de Sinuhé.
Sin
embargo, Sinuhé no era del todo feliz. Pensaba a menudo en su
tierra, Egipto, y cada vez se sentía más apenado. Su mayor deseo
era regresar a Egipto para cuando muriera poder ser enterrado en su
tierra. Esto era muy importante para un egipcio: ¿cómo su alma
alcanzaría el reino de Osiris?
Y
esta era su constante preocupación. Mientras cumplía con sus
deberes como jefe de la tribu, en secreto invocaba a sus dioses
pidiéndoles que permitieran su regreso a Egipto.
En
Egipto reinaba con justicia el faraón Sesostris I, pero para ello
había tenido que luchar duramente debido a las revueltas políticas.
Por fin reinaba la paz.
A oídos del faraón llegaron noticias de Sinuhé a través de los viajeros egipcios que habían pasado por su casa, y le escribió pidiéndole su regreso a palacio y a su tierra, ya que sabía de su inocencia en el complot contra su padre.
Sinuhé, lleno de alegría, contestó a la carta de Su Majestad explicando sus temores y motivos de su huída. Pasó el día repartiendo todos sus bienes entre sus hijos y se despidió de todos sus amigos, regresando a Egipto.
A oídos del faraón llegaron noticias de Sinuhé a través de los viajeros egipcios que habían pasado por su casa, y le escribió pidiéndole su regreso a palacio y a su tierra, ya que sabía de su inocencia en el complot contra su padre.
Sinuhé, lleno de alegría, contestó a la carta de Su Majestad explicando sus temores y motivos de su huída. Pasó el día repartiendo todos sus bienes entre sus hijos y se despidió de todos sus amigos, regresando a Egipto.
Sesostris
I fue muy generoso con Sinuhé entregándole una enorme casa
reformada que perteneció a un noble de la Corte y colmándole de
bienes; y ordenó que le construyeran una magnífica tumba de piedra
preparándole un merecido ajuar funerario para cuando le llegara el
momento de su muerte.
Y
así fue cómo Sinuhé el egipcio, colmado de honores y riquezas,
esperó el momento de su muerte dichoso por encontrarse de nuevo en
Egipto.
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